La edad ingrata
La edad ingrata El señor Longdon, con la encubierta ayuda de Vanderbank, habÃa comenzado a parecer haberse serenado, volviendo a hundirse en su sofá y prestándole alguna atención a su té. HabrÃa podido ser con el propósito de demostrar estar tranquilo por lo que dirigió, al oÃr aquello, una benévola sonrisa a la muchacha:
—Pero ¿cuál es, hija mÃa, la objeción…?
Con gran seriedad ella desplazó su mirada desde él hasta Vanderbank y hasta Mitchy, y luego la hizo retroceder desde el segundo de estos dos hombres hasta el primero:
—¿Creéis que debo decÃrsela?
Ambos se rieron, y ambos parecieron dubitativos, pero Vanderbank fue quien primero habló:
—No creo, Nanda, que realmente la sepas.
—No: ¡en cuanto familia, sois la perfección misma! —espetó Mitchy. De nuevo junto al fuego, sosteniendo su taza, le dirigió su hilaridad al señor Longdon—: Le he contado a usted una barbaridad de cosas, ¿verdad? Pero no le he contado nada sobre esto.
El anciano conservó, aunque con cierto despiste, su actitud de cordial curiosidad:
—¿Sobre… er… la familia?
—Más bien —sonrió Mitchy— sobre las ramificaciones de la familia. Esta jovencita le profesa una enorme amistad a cierta persona… y, por decirlo de una vez, todo es muy complejo.