La edad ingrata

La edad ingrata

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

El anciano se había incorporado para asir la taza que le tendía Vanderbank, cuya mano, sin embargo, trató de hacerlo sentarse de nuevo. El señor Longdon, resistiéndose, se mantuvo de pie y emitió un gemido sordo que sólo su anfitrión estaba lo bastante próximo para escuchar. De repente esto semejó confirmar una impresión recibida por Vanderbank al tocarlo: una extraña sensación de que su invitado estaba tan nervioso que le temblaban todas las extremidades. Ello casi hizo asomar a sus propios labios una especie de exclamación («¡Canastos!»). Pero en ese momento el rostro del señor Longdon, todavía pálido, pero con una sonrisa que no fue enteramente dolorosa, pareció implorarle que hiciera caso omiso; y él era hombre que no requería nada más para llegar a una adivinación tan honda como rápida.

—Caramba, hemos estado desperdigados durante la Semana Santa, ¿no es verdad? —le dijo a Nanda—. El señor Longdon se fue al pueblo, tu madre y tu padre se dedicaron a tributar visitas, yo mismo salí de Londres, Mitchy estuvo en París y tú… ah sí, ya sé dónde estuviste tú.

—Todos lo sabemos: ¡ha habido tal bronca a ese respecto! —dijo Mitchy.

—Sí, me ha parecido enterarme de que la ha habido —repuso Nanda—. Se supone que es horroroso que yo me trate con Tishy, indescriptiblemente horroroso.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker