La edad ingrata

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Sin —por lo visto— haber concedido la menor atención a lo que contenían, cuidadosamente ella volvió a juntar las tapas de su infolio. En sus movimientos hubo deliberación:

—Siempre me alegrará que esté usted. Pero ¿adónde cree que han ido esos dos? —La mirada femenina estaba fija en la parte visible de la otra habitación, desde la cual no llegaba sonido de voces.

—Siguen ahí —dijo Mitchy—, pero limitándose a comunicarse con los ojos cosas inexpresables acerca de ti. La impresión es demasiado honda. Que se miren mutuamente cuanto quieran, y mientras tanto cuéntame si la señora Donner te dio mi recado.

—Ah sí, me transmitió alguna bobada.

—En tal caso la bobada debió de estar en el tono que ella le imprimió a mi absolutamente sincero mensaje. Todo lo que ella dice, lo admito, siempre suena así. Es su debilidad —continuó— y quizá incluso podríamos decir su peligro. Razón de más para que la ayudes, como creo que se supone que estás haciéndolo, ¿no? Espero que te parezca estar haciéndolo —agregó con toda seriedad.

Esta vez él había hablado con bastante gravedad, y con magnífica gravedad fue como le contestó Nanda:


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