La edad ingrata
La edad ingrata —Eso es cierto, pero usted está en su derecho, y ello no me valdrÃa de excusa a mÃ. Sólo que todos los domingos acudo a visitarla.
El señor Longdon consideró; luego, un tanto para sorpresa de Vanderbank, en todo caso para su aún mayor regocijo, preguntó con franqueza:
—¿Sólo a Fernanda? ¿A ninguna otra dama?
—Oh sÃ, a varias otras damas.
El señor Longdon dio la impresión de oÃr aquello con agrado:
—Tiene usted razón. En Beccles no le sacamos suficiente provecho al domingo.
—¡Huy, en Londres se lo sacamos de sobra! —dijo Vanderbank—. Y me parece que más bien redundará en mi beneficio mencionar que la señora Brookenham me llama a mÃ…
Ahora su visitante lo abrumó con una atención que operó como freno:
—…¿por su nombre de pila? —Antes de que Vanderbank pudiese atenuar esto en alguna medida, el señor Longdon preguntó—: ¿Cuál es su nombre de pila?
De improviso Vanderbank se sintió casi culpable: como si su respuesta no pudiera sino imputarle extravagancia a la dama.
—Mi nombre de pila —lo dijo ruborizándose— es Gustavus.
Su amigo dio conscientemente un paso arriesgado: