La edad ingrata
La edad ingrata —¿Y ella lo llama Gussy?
—No, ni siquiera Gussy. Pero a duras penas me parece lÃcito contárselo —prosiguió— si ella misma no le ha ofrecido ningún atisbo. Cualquier inferencia de que ella se ha abstenido a sabiendas podrÃa abismarlo a usted en aún más negras profundidades.
Vanderbank habló con marcada jocosidad, pero tras un momento su compañero le mostró un semblante absorto —y un tanto apesadumbradamente— en la visión de esa posibilidad descartada por el tono bromista.
—¡Oh, no soy tan sumamente perverso! —exclamó con modestia el señor Longdon.
—Bueno, ella no siempre me llama como me llama —dijo riendo Vanderbank— y no es nada, además, comparado con el modo como son llamadas otras personas. FÃjese, hay un individuo que… —Se contuvo, empero, y, pensándolo mejor, escogió otro ejemplo—: La duquesa (¿no le han presentado a la duquesa?) nunca me llama otra cosa que «Vanderbank» excepto cuando me llama «caro mÃo». No habrÃa costado mucho hacerla dirigirse a usted con un «¡Longdon, sinvergonzón!». Casi puedo oÃrla.
Concretando el efecto de aquel bosquejo, el señor Longdon extrajo su conclusión con un indulgente «¡Ah, caramba, una duquesa extranjera!». SabÃa hacer distingos.