La edad ingrata

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—Exacto: odiosamente, cruelmente extranjera —convino Vanderbank—; de hecho yo nunca había visto a una mujer servirse tan hábilmente, para resarcirse por la deshonra de esa característica, de los privilegios e inmunidades inherentes. Ha florecido en el invernadero de su viudedad: es una napolitana empollada por una incubadora.

—¿Napolitana? —Cortésmente, el señor Longdon pareció desear haberlo sabido antes.

—Lo era su marido; pero tengo entendido que los duques en Nápoles son de tanto ringorrango como los príncipes en Petersburgo. Ya murió, de todas formas, el pobre hombre, y ella ha regresado para vivir aquí.

—Melancólicamente, supongo… después de haber vivido en Nápoles[8] —aventuró el señor Longdon.

—¡Huy, haría falta más que incluso un pasado napolitano…! Sea como fuere —agregó el joven, refrenándose—, ella no vive concentrada en lo que dejó atrás, sino en lo que tiene delante: vive concentrada en su preciosa pequeña Aggie.

—¿Su pequeña Aggie? —El señor Longdon exhibió un cauteloso interés.


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