La edad ingrata
La edad ingrata —Ahora no estoy tomándome ninguna libertad —sonrió Vanderbank—. Hablo tan sólo de la joven Agnesina, una niña, sobrina de la duquesa o más bien, creo, de su marido, a la cual ella ha adoptado (para que ocupe el lugar de una hija tempranamente muerta) y traÃdo a Inglaterra para casarla.
—Oh, con algún hombre importante, claro está.
Vanderbank reflexionó:
—No lo sé. —Emitió un vago pero expresivo suspiro—: Es realmente preciosa la pequeña Aggie.
El señor Longdon se mostró ostentosamente subrepticio:
—Entonces tal vez usted sea el hombre…
—¿Parezco importante? —espetó Vanderbank.
Separándose un poco de él, una vez más su visitante contempló la habitación:
—¡Cielos, sÃ!
—Pues entonces, para enseñarle hasta qué punto está usted en lo cierto, ahà tiene a la damisela. —Señaló un objeto sobre una de las mesas: una pequeña fotografÃa contorneada por una ancha orla fabricada de algo que parecÃa como piel carmesÃ.
El señor Longdon alzó el retrato; ahora se puso serio:
—Es muy hermosa… pero no es una niña.