La edad ingrata
La edad ingrata Esta vez su interlocutor hizo una tregua de veras larga; finalmente respondió:
—No sabrÃa decir. Me deslumbra.
—Pero ¿a usted no le gusta eso? —Entonces, antes de que él pudiera responder nada, inquirió—: ¿Teme que el señor Van sea una persona engañosa?
Ante esto él se rió francamente:
—¡No te andas con rodeos! —Ella se sonrojó por haberle hecho tanta gracia, pero enseguida él continuó—: Creo que uno experimenta una natural desconfianza cuando se siente arrebatado en volandas. Me temo que siempre me ha gustado demasiado saber adónde voy.
—Y, con él, ¿no lo sabe? —Ella hablaba con su vivo interés inquieto. —Comprendo. Pero creo que a mà sà me gusta ser deslumbrada.
—Ah, es que tú tienes tiempo por delante: siempre puedes corregir tu rumbo; dispones de un margen para accidentes, para padecer decepciones y superarlas; puedes tomar juntas las cosas buenas y las malas. Pero a mà sólo me resta una última oportunidad.
—Y no quiere cometer errores. Entiendo.
—Vaya, soy muy vulnerable.