La edad ingrata
La edad ingrata —Entiendo. —De nuevo ella fue rauda, pero a él habrÃa podido parecerle una persona más literal que cualquier otra persona joven con quien alguna vez se hubiese cruzado—: Usted no está acostumbrado a una charla asÃ. Yo tampoco. Es realmente espléndida, ¿verdad? Se los considera endiabladamente inteligentes al señor Van y al señor Mitchy. ¿Le agradan? —acució.
El señor Longdon, quien, comparado con ella, habrÃa podido parecerle diabólicamente sutil a un espectador, se tomó un instante para reflexionar.
—Hasta hoy no habÃa conocido al señor Mitchett —dijo.
—Vaya, él siempre cree no agradarme —explicó Nanda—. Pero sà me agrada. ¡Qué remedio! —añadió.
Su compañero hizo otra pausa; por último dijo:
—A él le agradas tú.
¡Oh, el señor Longdon no habrÃa tenido por qué titubear!
—Ya lo sé. Él mismo se lo ha contado a mamá. Se lo ha contado a cantidad de gente.
—Incluso te lo ha contado a ti —sonrió el señor Longdon.
—SÃ… pero no es lo mismo. No creo que el señor Mitchy tenga nada de espeluznante —prosiguió. De todos modos, ella tenÃa una más apremiante preocupación—: ¿A usted le agrada el señor Van?