La edad ingrata

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—En todas. Conoceré a todas las personas que acuden. Para mí será algo grande. Quiero escuchar todas las conversaciones. El señor Mitchett dice que debo hacerlo: que eso ayuda a formar las mentes jóvenes. Yo esperaba, por esa razón —continuó con el desparpajo que volvía casi violenta su franqueza—, yo esperaba que hoy vendrían aquí más personas.

—¡Yo me alegro de que no lo hayan hecho! —espetó de un modo parejamente claro el anciano—. Amablemente el señor Vanderbank arregló así el asunto para mí. Lo conocí durante una cena, en casa de tu madre, hace tres semanas, y aquella noche me llevó aquí, donde, dado que teníamos visiones tan contrapuestas de ti, nos tomamos la libertad de discutirte de pies a cabeza. Ello tuvo el efecto, como es natural, de hacerme desear volver sobre el tema de tu persona… sólo que esto parecía dificultoso sin contar con alguna información suplementaria. Y eso fue lo que él tuvo la bondad de ofrecerme; dijo —y el señor Longdon recuperó su buen humor para repetir las palabras—: «¡Diablos, haré venir aquí a todo el grupo por usted!».

—Entiendo; él sabía que los del grupo vendríamos. —Entonces rectificó—: Pero en realidad no hemos venido, ¿verdad?

—Oh, está bien así, está bien así. Para mí es brillante la ocasión y grande la concurrencia. He disfrutado de una charla tal con esos jóvenes…


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