La edad ingrata
La edad ingrata —Sin duda, es la mejor forma. Se lo agradezco muchÃsimo. Fui a visitarla, tras tener el honor de cenar en vuestra casa… fui a visitarla, creo, tres veces —prosiguió él, con un repentino cambio de tema—; pero las tres veces tuve el infortunio de no hallarla en casa.
Ella seguÃa mirándolo con su cruda rotundidad adolescente, y dijo:
—Yo no sabÃa eso. Mamá afirma permanecer en su propia casa más que casi cualquier otra persona. Lo hace a propósito: sabe lo que para la gente significa —insistió Nanda, con su absoluta seriedad— la decepción de no hallarla.
—Oh, aún la hallaré —dijo el señor Longdon—. Y entonces espero hallarte también a ti.
Ella semejó ponderar formalmente aquella posibilidad y finalmente encontrarla atractiva:
—Seguro que me hallará a partir de ahora, pues a partir de ahora bajaré de mi habitación.
Su compañero pestañeó:
—¿Al salón, quieres decir… en todas las ocasiones?
Eso era exactamente lo que ella quena decir: