La edad ingrata
La edad ingrata —Él dice que es algo precioso lo que usted siente al verme… si eso es lo que él quiere decir. —De nuevo el anciano no habló nada al principio: se limitó a sonreÃrle, pero ahora de un modo menos raro, y luego pareció mirar en derredor buscando algún sitio donde ella pudiera sentarse próxima a él. También en esta habitación habÃa un sofá, sobre el cual, percatándose, raudamente ella se dejó caer, de tal manera que enseguida se encontraron cercanos, sentados un poco oblicuamente y cara a cara. Posiblemente ella habÃa dejado ver que suponÃa que él desearÃa cogerle la mano, pero él se abstuvo de tocarla, limitándose a dejarla percibir toda la gentileza de los ancianos ojos y la larga visión retrospectiva de los mismos. Evidentemente estas cosas las percibió ella bien pronto; prosiguió antes de que él hubiera hablado—: Sé lo bien que conocÃa usted a mi abuela. Mamá me lo ha contado, y me alegra mucho. Me dijo que le dijese que quiere que usted me lo cuente. —Ante esto, habrÃase dicho que, sobre el semblante del anciano, descendió una leve sombra; mas ¿habÃa alguien presente para observar si la muchacha se daba cuenta? De cualquier modo ello no impidió que ella completara su declaración—: Ésa es la razón de que, hoy, mamá desease que yo viniera sola. Mamá deseaba que usted me tuviera, como dijo ella misma, toda para usted.
No, decididamente, ella no era tÃmida; esa muda reflexión flotó en el aire unos instantes.