La edad ingrata
La edad ingrata —No sé cómo tomármelo. Son cosas que no armonizan con el resto de ella. Lady Julia —dijo el señor Longdon— era más bien tÃmida.
Con eso también podÃa concordar su anfitrión:
—DebÃa de serlo. Y Nanda (oh, desde luego) no da esa impresión.
—Da la impresión contraria. ¡Y Lady Julia era alegre! —añadió, con una seriedad que hizo sonreÃr a Vanderbank.
—También me hago cargo. Nanda no hace chistes. Y sin embargo —prosiguió Vanderbank con su modélica sinceridad— no deberÃamos hablar de ella, ¿no cree?, como si fuese descarada y sombrÃa.
El señor Longdon lo atalayó:
—¿Cree usted que es una muchacha triste?
HabÃan mantenido muy bajo el nivel de voz y habrÃan podido, con las cabezas muy juntas, estar conferenciando cual los participantes a quienes «les toca» en algún juego mientras la pareja permanecÃa en la habitación vecina.
—SÃ. Una muchacha triste. —Pero Vanderbank suspendió la charla—: Ahora mismo la hago venir. —Asà fue como habÃa retomado a por ella.
Al reunirse con el señor Longdon, Nanda fue derecha al grano: