La edad ingrata
La edad ingrata Harold Brookenham, a quien el señor Cashmore, hecho pasar y anunciado, había hallado en pleno acto de tomarse una taza de té ante la mesa aparentemente recién preparada… Harold Brookenham, digo, fue al grano con una acometida tan directa como para presentarle a su visitante una opción entre nada más que dos suposiciones: la de una zambullida a la desesperada, para pasar cuanto antes aquella vergüenza, o la de la arraigada costumbre de formular tamañas peticiones, la cual le había inculcado al muchacho el camino más corto. No había una gran perspicacia en el rostro del señor Cashmore, quien de alguna forma era masivo pero sin majestuosidad; de todos modos acaso no había sido impermeable a la sospecha de que la turbación de su joven amigo no era sino una precaución facilona, un deliberado correctivo contra el peligro de parecer descarado. No habría resultado imposible especular que si Harold bajaba la vista y se mostraba agitado era primordialmente en aras de las apariencias. Tal vez la experiencia había enseñado que uno podía pedir un billete de cinco libras igual que uno pedía lumbre para el pitillo; pero uno debía refrenar el campechano impulso de pedir ambas cosas con el mismo estilo. Lo cierto es que el señor Cashmore había parecido sorprenderse, si bien no tantísimo globalmente como el joven parecía haberse esperado. Hubo casi una sutil elegancia en la combinación de prontitud y recato con que Harold asumió la responsabilidad de la absoluta posesión del crujiente papel-moneda que con lenta firmeza deslizó dentro del bolsillo de su chaleco, frotándolo durante esta operación delicadamente contra el dril de suave color amarillo pardusco con que había sido confeccionada dicha prenda.