La edad ingrata

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—Es tan endiabladísimamente gentil por su parte, que en verdad no sé qué decir. —Hubo una marcada semejanza, en la entonación de estas palabras, con la dulzura de los desánimos de su madre y la suavidad de los gemidos de la misma. Era como si en ese momento se hubiese sentido tentado de moralizar, pero la mirada que alzó hacia su benefactor tuvo el sumamente extraño efecto de identificar a este mismísimo personaje como el inspirador de la moraleja.

El señor Cashmore, que habría sido muy pelirrojo si no hubiese sido muy calvo, ostentaba un monóculo y un voluminoso labio superior; era tan corpulento como garboso, con gestitos avinagrados e intensas exclamaciones que no se acordaban con su tipología.

—Puedes decir lo que quieras —repuso— con tal que no digas que ya me lo devolverás. Eso es siempre un despropósito; lo odio.

Harold siguió melancólico, pero se mostró realmente supremo:

—En tal caso no lo diré. —Pensativamente, durante unos momentos, pareció imaginarse aquellas palabras, en su plena absurdidad, pronunciadas por los labios de algún joven que, a diferencia de él, no fuese discreto—. Comprendo muy bien a qué se refiere.

—Pero mi opinión, ¿sabes?, es que deberías contárselo a tu padre —dijo el señor Cashmore.

—¿Contarle que le he pedido prestado a usted?


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