La edad ingrata

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Bienhumoradamente el señor Cashmore dudó:

—Eso me estaría bien empleado… es tan increíble que yo haya atendido tu petición. Cuéntaselo, desde luego —siguió tras un instante—. Pero lo que quería decir es que si pasas tales estrecheces deberías hablar con él como un hombre.

Harold sonrió ante la ingenuidad de un amigo capaz de imaginar que él no había agotado ya aquel recurso:

—Siempre estoy hablando con él como un hombre, y es precisamente eso lo que lo saca de sus casillas. En mis propias narices niega que yo sea un hombre. Podría inferirse, escuchándolo, no sólo que lo que soy es un niño malo, sino además que apenas soy siquiera humano. Es incapaz de concebir que yo padezca ninguna necesidad.

—Huy —dijo riendo el señor Cashmore—, todos los jovenzuelos tenéis tantas necesidades, ya lo sé, como la sección de ofertas de trabajo de The Times.

Harold manifestó admiración:

—Qué aguda frase. Si usted cree tener el deber de hablar sobre ello —continuó—, mejor hágalo con mamá. —Se fijó en la hora—. Me marcho, si me dispensa usted, para darle oportunidad de hacerlo.

El visitante consultó su propio reloj y dijo:

—Es tu propia madre quien da oportunidades… las oportunidades que tú aprovechas.


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