La edad ingrata

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Harold se mostró cortés y formal:

—Ella ha llegado, lo sé. Estará con usted dentro de un instante.

El muchacho ya había recorrido la mitad de la distancia que los separaba de la puerta, pero el señor Cashmore, pese a toda su condescendencia, aún no había concluido con él:

—Supongo que quieres decir que si es sólo tu madre quien se entera, puedes confiar en que te encubrirá.

Harold le dio vueltas a aquello como si fuese una moneda de curso dudoso, pero tras pensarlo mejor sonrió maravillosamente:

—¿Cree que después de haberme prestado dinero está usted en condiciones de hablar sobre ello? Estaría en condiciones, desde luego, si se hubiese negado. —Semejó examinar todas las posibilidades en beneficio del señor Cashmore—. Pero no me importa —agregó— que se lo cuente a mamá.

—¿No te importa, quieres decir de veras, que eso la consterne bárbaramente?

La invitación al arrepentimiento contenida en esto no pudo menos que parecerle absurda al joven: era demasiado previa al disfrute de cualquier placer. A Harold le gustaba que las cosas se presentaran en su orden debido; pero a la vez su capacidad de maniobra era pasmosa:


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