La edad ingrata
La edad ingrata —No cabe duda de que soy egoÃsta, pero en lo que pensaba era en que el terrible sermón, ¿sabe?…, vaya, estoy dispuesto a recibirlo de ella. Ella sabe lo que es la vida; sabe de nuestra necesidad de salir adelante después de que, sin tener nosotros arte ni parte, nuestros progenitores nos hayan puesto a caminar. Lo sabe todo sobre necesidades: nadie tiene más que mamá.
El señor Cashmore se quedó mirando extrañado, pero también con pinta de diversión:
—¿Asà que ella dirá que has hecho bien?
—Oh, no; me echará un tremendo rapapolvo. Pero reconocerá que en semejantes aprietos hay que hacer algo más en pro de servidor, y eso bien podrÃa conducir a algo (indirectamente, ¿se da usted cuenta?, pues ella no se lo contará a mi padre, sino que únicamente, a su peculiar modo, influirá sobre él) que me colocará en circunstancias más cómodas y por lo cual, consiguientemente, en el fondo tendré que darle las gracias a usted.
El ojo auxiliado por el monóculo del señor Cashmore habÃa atalayado, durante esta alocución, con un perceptible aumento de algo semejante a la inquietud, al beneficiario de su rumbosidad. De alguna forma el hilo de su relación mutua se habÃa extraviado en este giro imprevisto, y el señor Cashmore hubo de limitarse a hacer gala de su estatura, su posición y su rectitud, cosas siempre convenientes en presencia del retorcimiento: