La edad ingrata
La edad ingrata —No sé a qué te refieres con eso de un hombre «como yo» —repuso Vanderbank—. Yo no soy ninguna clase especial de hombre. —Ella habÃa estado mirándolo, pero ante esto desvió la mirada, y él continuó bienhumorada y aclaratoriamente—: Si te refieres a que voy de acá para allá sin parar, ¿cómo sabes eso sino debido a que actualmente tú misma estás en todas partes?… asà que, sea yo como fuere, en definitiva, tú eres igual de mala.
—Conque reconoces que estás en todas partes. Puede que yo sea igual de mala —siguió la muchacha—, pero el quid está en que no soy ni la mitad de buena. Las muchachas son tales burritas de carga: no pueden ser otra cosa.
—Y, si me haces el favor, ¿qué son los individuos que están en las brutales norias de despachos infernalmente atareados? En todo Londres no hay un viejo caballo de carruaje al cual hagan trabajar, te lo aseguro, como a mÃ. Por lo demás —agregó el joven—, si salgo de casa todas las noches y me voy fuera de Londres los fines de semana como éste, ¿no entiendes, queridita, la razón básica de ello?
Volviendo a dirigir la mirada hacia él, Nanda estudió un momento aquella interrogante: