La edad ingrata
La edad ingrata —Ya habÃa estado aquÃ, sÃ… pero no invitado por Mitchy, sino por una u otra familia (¿quién demonios eran?) que hace uno o dos años alquiló esta propiedad durante unos meses.
—¿Es que ni siquiera te acuerdas?
Vanderbank caviló y dijo riendo:
—Ya me acordaré. Pero es un encantador indicio de cómo son las relaciones en Londres, ¿verdad?, el hecho de que uno pueda ir a visitar de esta forma a la gente y quedar maravillosamente «empachado» y todo eso, y luego marcharse y borrársele la ocasión, olvidar por completo con quién ha quedado en deuda. La vida es extraña.
Por un instante Nanda pareció desear decir que dicha extrañeza era discutible, pero en cambio dijo otra cosa distinta:
—Supongo que un hombre como tú no siente en absoluto que ha quedado en deuda: es enormemente amable por su parte (es hacer mucho por cualquier anfitrión) el mero hecho de acudir de visita; conque resultarÃa intolerablemente gravoso que encima tuviera que acordarse del anfitrión.