La edad ingrata
La edad ingrata La sensación de aventura aumentó en ella cuando enseguida reparó en una agitación de la espesura próxima, seguida de la aparición, por un sendero ascendente que pasaba junto a su banco, de un caminante a quien, si no hubiera quedado prontamente despejado el misterio de su peculiar, su excepcional identidad, tal vez la habría fastidiado una pizca tener que identificar como un conocido. Él la vio inmediatamente, se detuvo, rió, saludó con el sombrero, luego subió la cuesta con unas cuantas zancadas y, secándose la frente con el pañuelo, confesando sentirse acalorado, regocijadamente se quedó parado ante ella. La exclamación de ella al verlo aparecer («¡Anda, el señor Van!») había tenido una ambigua brusquedad que más bien había ido dirigida hacia sí misma que hacia su visitante. Ella le hizo sitio en el banco, y al cabo de un momento él ya estaba reposando y ambos brindándose explicaciones. El quid estaba en que él había decidido venir caminando desde la estación a fin de estirar las piernas, dando un largo rodeo, para el goce de la hermosa hora y del placer que ésta ministraba, por un camino que le habían enseñado durante alguna ocasión previa en que se había alojado en Mertle.
—¿O sea que ya habías estado aquí anteriormente? —Nanda, que acababa de llegar tan sólo hacía media hora, habló como si hubiese perdido la oportunidad de ser su guía en una experiencia nueva.