La edad ingrata

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XVI

Las ventanas del piso bajo de la gran mansión blanca, que se erguía más ancha que alta, daban a una amplia terraza pavimentada con losas, cuyo pretil, una vieja balaustrada de piedra, era interrumpido en mitad de su curso por un tramo de pétreos escalones que descendían a un jardín maravilloso. La terraza presentaba la tonalidad de las primeras horas de la tarde y dominaba limpiamente la perspectiva sobre la cual se alzaba y que la circundaba: la perspectiva —más allá de la serie de jardines— de espléndidos árboles desperdigados y verdes claros de bosque, un horizonte preeminentemente forestal. Nanda Brookenham, un día hacia finales de julio, saliendo del edificio y encontrando el lugar por ahora no ocupado por los demás invitados, permaneció allí un rato con aire de feliz posesión. Se desplazó de un extremo a otro de la terraza, deteniéndose, contemplando su alrededor, degustando con un semblante que transparentaba el placer de una efímera independencia la combinación de cosas encantadoras: de antiguas habitaciones con antiguas decoraciones que resplandecían ensombrecidas a través de las ventanas superiores, de antiguos jardines que se juntaban en ángulo recto en las anchas esquinas de antiguos muros, de senderos silvestres que susurraban con la brisa vespertina y se extendían hacia recónditas lejanías de soledad estival. La escena tenía una expectante quietud que ella estaba demasiado fascinada para desear romper; la contempló, la escuchó, siguió con la mirada las mariposas blancas entre las flores que había a sus pies, por último sufrió un sobresalto al llegarle el chillido de un pavo real desde una alameda inadvertida. Tras unos instantes esto último hizo que ella se pusiera en movimiento con menor disgusto; descendió morosamente los escalones, deambulando sin hacer pausas, echando esporádicamente una mirada atrás hacia la gran mansión brillante pero complaciéndose repetidamente de no ver aparecer a nadie. Aunque el sol seguía bastante en lo alto, ella portaba un quitasol rosa. Atravesó los jardines uno tras otro, bordeando los altos muros que creaban una impresión tan «recoleta» y pensando en cómo, más adelante, madurarían allí las ciruelas y los melocotones. Intercambió un cordial saludo con un jornalero atareado, traspuso una verja abierta y, doblando por esta dirección y por aquélla, finalmente se halló en medio de la hacienda, a considerable distancia de la mansión. Era un punto para llegar hasta el cual había tenido que subir otra pendiente: un lugar caracterizado por un viejo banco verde instalado en aras de un mejor disfrute del panorama que, a lo lejos, donde terminaban los bosques, incluía, de la más inglesa de las maneras, la mancha de color de un antiguo pueblecito rojo y la torre de una antigua iglesia gris. Ella se había dejado caer en el banco casi con una sensación de aventura, aunque no lo bastante palpitante como para dejar de preguntarse si no habría sido una feliz idea traerse un libro; el encanto de lo cual habría estado precisamente en sentir que todo alrededor de ella era demasiado hermoso para dejarla leer.


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