La edad ingrata
La edad ingrata —¿Porque somos tan buenos y viejos amigos que en realidad no necesitamos siquiera hablar? SÃ, gracias al cielo, gracias al cielo. —Él habÃa estado mirando en su derredor, contemplando la escena; habÃa depositado en el suelo su sombrero y, completamente a sus anchas, aunque aún más deseoso de dar testimonio de ello, se habÃa cruzado de piernas y brazos—: ¡Qué precioso lugar! Aunque no logre recordar ni por asomo quiénes fueron mis anteriores anfitriones, cuento con el consuelo de estar seguro de que sus mentes se hallan igualmente en blanco. ¿Se acuerdan siquiera de la propiedad que alquilaron? «Invitamos a algunos fulanos a… ¿dónde fue eso, la gran mansión blanca del pasado noviembre?… y hubo uno de ellos, que trabaja en como-demonios-se-llame… tú me entiendes… que habrÃa podido ser un sujeto bastante majo si no hubiese presumido tanto de sus dotes». —Vanderbank guardó silencio unos instantes, pero su compañera no comentó nada, asà que continuó él—: El hecho de que nosotros dos nos reunamos gracias a tales procedimientos demuestra, ¿verdad?, el inmenso cambio que se ha operado en tu existencia en los últimos tres meses. Me refiero a que, si yo estoy en todas partes como dijiste hace un momento, tú haces exactamente lo mismo.
—SÃ; ya ves lo que has conseguido.
—¿Cómo que lo que he conseguido?