La edad ingrata

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—Te adentras en los bosques en pos de un cambio, de soledad —dijo la muchacha—, y lo primero que haces es encontrarme acechándote en las profundidades de la floresta. Pero en realidad yo no podía (si reflexionas sobre ello) saber que ibas a venir por este camino.

Vanderbank permaneció allí sentado sin cambiar de postura, mas con un constante meneíllo del pie que mantenía apoyado en tierra, como si todo —sin excluir lo que ella acababa de plantearle— fuera demasiado placentero para reflexionar sobre ello:

—¿Puedo fumarme un cigarrillo?

Nanda guardó silencio un instante; su amigo había sacado su pitillera de plata, que era de gran capacidad, y mientras él extraía un cigarrillo ella extendió la mano diciendo:

—¿Puedo yo? —Ella examinó la pitillera con admiración.

Vanderbank vaciló:

—¿Fumas cuando estás con el señor Longdon[14]?

—Sin parar. Pero ¿qué tiene eso que ver?

—Todo, todo. —Él habló con un tenue dejo de impaciencia—. Quiero que obres conmigo exactamente como obras con él.

—¡Huy, eso se dice muy pronto! —replicó la muchacha en un tono peculiar—. ¿Qué es eso de que «obre»?


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