La edad ingrata

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—Bueno, pues que seas. ¿Qué puedo decir? —Vanderbank caviló plácidamente mientras su pie se mantenía en movimiento—. Que sientas.

Ella prosiguió examinando la pitillera sin, no obstante, servirse del contenido; comentó:

—Creo que, en lo que respecta al señor Longdon y yo, no sabes ni la mitad de lo que imaginas.

Vanderbank se rió y fumó:

—Doy por sentado que él me lo cuenta todo.

—¡Ah, pero apenas des por sentado que yo haga lo mismo! —Durante unos instantes ella frotó su mejilla contra la plata bruñida, volviendo, al momento siguiente, a examinar la pitillera—: Me gustaría tener una de esta clase.

Su compañero bajó la mirada hacia el objeto:

—Caramba, cuenta con capacidad para veinte.

—Pues quiero una con capacidad para veinte.

Vanderbank se limitó a exhalar su humo.

—Tengo tantas ganas de hacerte un regalo —dijo por último— que, en mi alegría por haber dado con uno adecuado, voy a regalarte, como te descuides, o bien eso o bien una pipa.

—¿Te refieres a esta mismísima pitillera?

—La he poseído durante años… pero te regalaré incluso ésta si te gusta.

Ella la retuvo; continuó manoseándola e inquirió:


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