La edad ingrata
La edad ingrata —Y ¿quién te la regaló a ti?
Ante esto él se volvió hacia ella sonriendo:
—¿Crees que también se me ha olvidado eso?
—Desde luego debe de habérsete olvidado, si estás tan dispuesto a deshacerte de ella.
—Pero ¿cómo sabes que fue un regalo?
—Objetos asà siempre lo son: la gente nunca los compra para sà misma.
Ahora ella habÃa soltado el objeto, depositándolo sobre el banco, y Vanderbank se apoderó de él:
—Su origen se pierde en la noche de los tiempos: carece de toda historia excepto haber sido usada por mÃ. Pero te aseguro que de veras quiero hacerte algún regalo. Nunca te he regalado nada.
Ella permaneció callada un rato.
—¡Menuda exhibición estás haciendo —suspiró por último con seriedad— de tu inconstancia y superficialidad! ¡Y pensar en todas las reliquias tuyas que he atesorado y que en su momento supuse que significaban algo!
—¿Las «reliquias»? ¿Es que guardas un mechón de mi cabello? —Entonces, al comprender a qué se referÃa ella, espetó—: Oh, ¿quieres decir las cositas navideñas? ¿De veras las has conservado?
—Apartadas en un cajón exclusivo para ellas… envueltas en papel rosa.