La edad ingrata

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—Ya veo adónde quieres ir a parar —dijo Vanderbank—. Tú me has hecho regalos a mí, y estás tratando de culparme de haber perdido la dulce conciencia de ello. Pero no lo lograrás. En lo que a mi corazón se refiere, soy un relicario andante. ¿Papel rosa? Yo uso papel dorado… y de la más fina y rara calidad: el papel dorado del alma. —Con la uña del dedo él le dio una sacudida a su cigarrillo, y contempló la avivada lumbre; tras lo cual prosiguió muy campechanamente, pero con una delicadeza que por sí sola atenuó el mero humorismo de esta declaración—: No hables, queridita, como si realmente no supieras que soy el mejor amigo que tienes en el mundo. —En cuanto él hubo hablado sacó su reloj, de modo que aunque sus palabras habían ocasionado algo parecido a un silencio este gesto ofreció una excusa para romperlo. Nanda le preguntó la hora y, al contestar él: «Las cinco y cuarto», ella comentó que en ese instante estaría siendo servido el té en la terraza y que todo el mundo habría salido a degustarlo—. ¿Vamos entonces a reunimos con ellos? —demandó su compañero.

Él no había hecho, empero, ningún otro movimiento, y cuando, tras vacilar, ella dijo: «Con mucho gusto», asimismo ello fue sin un cambio de postura.

—Me gusta esto —agregó ella inconsecuentemente.


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