La edad ingrata
La edad ingrata —Pues bien, necesito que me hables un poco sobre este tipo de visitas —dijo cordialmente el señor Longdon: se habÃa reunido con su joven amiga cargado de un haz de impresiones raudamente recolectadas en la mansión; respecto de lo cual su apelación a ella para que le facilitara una orientación o dos puede tomarse como indicio del grado de confianza que actualmente presidÃa sus mutuas relaciones. HabÃa terminado por sentirse capacitado, mencionó él mismo, para soportar la mayorÃa de las novedades; y sin embargo en una situación como la presente no podÃa menos que retomarle el desconcierto. En el mundo no habÃa más novedades (asà habÃa acabado resumiéndose para él el problema) que las que a diestra y siniestra caracterizaban los modales que durante tres meses habÃa estado observando en la alta sociedad. El amplio descarrÃo global de este estrato social ocupaba sus pensamientos hasta el punto de excluir casi cualquier otro tema, y finalmente se habÃa sentido movido a pensar que incluso en los calmosos tiempos de su propia juventud él debÃa de haber andado muy a la zaga de sus coetáneos. En su momento (en los años cincuenta y sesenta) no habÃa sido consciente de pasar por anticuado, mas la vida no habrÃa podido dejarlo tan rezagado si la distancia preliminar hubiese sido leve. Asà era como, más de una vez, le habÃa explicado la cuestión a la muchacha; lo cual suministra una vislumbre suficiente, es de esperar, del alcance de algunas de sus conversaciones. Por cierto que sus conversaciones siempre concluÃan dando por sentado un incremento de la actual capacidad de asimilación del señor Longdon; pero eran precisamente estos descansos en la refriega lo que de vez en cuando parecÃa ser prólogo de una conmoción aún más abrupta. Cuando él se sentÃa, en resumidas cuentas, como si ya no le quedaran más sorpresas que recibir era cuando le llegaban sus pasmos más mayúsculos. No habÃa tragos más acongojantes que algunos de los que tomaba del cubo que repetidamente habÃa hecho bajar, según imaginaba él, hasta lo más hondo del pozo—. Es que este súbito allanamiento de la mansión de alguien (sabe Dios quién) y nuestra invasión de ella como si fuéramos una plaga de langostas… Supongo que uno no tiene derecho a censurarlo cuando uno forma, casi con el mismo grado de culpabilidad, parte de los avasalladores; pero ¿de qué estará hecha la gente cuando consiente, nada más que por dinero, la violación de sus hogares?