La edad ingrata
La edad ingrata —Exacto: Blanche Bertha Vanderbank.
El señor Longdon pareció mitad desconcertado, mitad afligido:
—¿Y ahora es Nancy Toovey?
Advirtiendo su consternación, Vanderbank prorrumpió en carcajadas:
—Asà es como la llaman todos.
—Pero ¿por qué?
—Nadie lo sabe. Ya ve que estaba usted en lo cierto respecto de lo de su futuro.
El señor Longdon emitió otro de sus suaves suspiros ahogados; habÃa vuelto a encararse con la primera de las fotografÃas, que contempló durante un rato más prolongado.
—Pues no eran ésas las ideas de ella —comentó.
—¿Las de mi madre? Ciertamente no. ¡Ah, las ideas de mi madre! —Vanderbank guardó silencio, después añadió con gravedad—: Falleció a tiempo.
El señor Longdon hizo un ademán de darse la vuelta y pareció en un tris de responder algo a esto; pero en vez de ello tornó a entregarse a un examen del expresivo óvalo en el marco de felpa rojiza. Alzó a la pequeña Aggie, quien pareció interesarlo, y comentó abruptamente:
—Nanda no es tan bonita.