La edad ingrata
La edad ingrata La impenetrabilidad del señor Longdon se resquebrajó como el cristal ante el codazo de esta imponente, hermosa, avezada mujer que para él caminaba, cual una fulgurante diosa pagana, envuelta en una nube de misteriosa leyenda. Él desvió la mirada hacia su hija, quien, a suficiente distancia para no escucharlos, no se habÃa inmutado:
—Sé que su hija es una gran amiga de Nanda.
—¿Ha sido Nanda quien le ha dicho eso a usted?
—Muchas veces, y demostrando gran interés por ella.
—En tal caso me alegra que Nanda piense asÃ… aunque lo cierto es que sus intereses son muy variopintos. Pero vaya usted a hacer compañÃa a mi niña. ¡No hago que sea ella quien se acerque —explicó mientras lo arrastraba— porque quiero que usted se siente ahà junto a ella y guarde ese sitio, como si dijéramos…!
—Ajá, y ¿para quién? —requirió él al callarse ella.
El caminar femenino se habÃa detenido al mismo tiempo que la lengua femenina, y de nuevo, repentinamente, los dos quedaron cara a cara de manera harto consciente y vivida.