La edad ingrata
La edad ingrata —Bueno, no haga alarde de su cinismo —dijo ella riendo— hasta haberse cerciorado de con cuánto puede cargar. Lo mejor será informarlo —siguió— de que esto es lo que la propia Nanda desea.
—¿La propia Nanda? —Él no dejó de contemplar a la pequeña Aggie, quien hasta ahora no habÃa vuelto la cabeza—. Temo no entenderla a usted.
Ella tomó a arrastrarlo mientras le decÃa:
—Enseguida vuelvo con usted y le explico. Debo encontrar mi carta para dejársela a Petherton; tras lo cual traeré aquà a Mitchy, a quien me disponÃa a buscar, y, puesto que ya he roto el hielo (¡si eso no es mucho decir con semejante oso polar!), le revelaré a usted le fond de ma pensée. Niña querida —le dijo a su sobrina—, entretén al señor Longdon. Enséñale —sugirió condescendientemente— lo que lees. —Luego tomó a dirigirse a su compañero de visita como preocupada por aquel preciso aspecto—: Caro signore, ¿tendrÃa usted algún libro tolerable?
En un abrir y cerrar de ojos la pequeña Aggie se habÃa levantado y ya estaba enseñando su volumen, al cual el señor Longdon, todo cortesÃa hacia ella, echó un somero vistazo:
—Relatos de la Historia de Inglaterra. ¡Oh!
Su exclamación, aunque imprecisa, no lo fue tanto como para impedir que la muchacha aventurase educadamente: