La edad ingrata
La edad ingrata A última hora de la noche en el salón de fumar de Mertle, cuando los fumadores —hablantes y oyentes por igual— se alistaban a dispersarse, el señor Longdon le solicitó a Vanderbank que se quedara allÃ, y fue entonces cuando el joven, a quien durante toda la velada no le habÃa dirigido ni una palabra, discernió por qué, un tanto anómalamente, el anciano habÃa prolongado su vigilia. «Tengo algo especial que decirle, y he estado aguardando. Espero que no lo moleste. Es bastante importante». En el acto Vanderbank manifestó el más vivo deseo de complacerlo y, encendiendo raudamente otro cigarrillo, tomó a encaramarse en el ancho diván con que estaba amueblada buena parte de la estancia. El salón de fumar de Mertle no era indigno de la formidable elegancia general, y aun el invitado más atrabiliario se habrÃa sentido claramente contento con aquel enorme sofá forrado de piel que, elevado uno o dos escalones por encima del suelo, apoyaba su respaldo contra dos de las cuatro paredes y dominaba, del modo más inmediato, una vista de la mesa de billar. Durante unos instantes el señor Longdon continuó deambulando con el aire de encubierto ensimismamiento que, durante la hora anterior y entre los demás presentes, no le habÃa pasado inadvertido al ojo de su compañero: impulsó una o dos bolas, examinó la forma de un cenicero, balanceó sus lentes casi con violencia y rehusó tanto fumar como sentarse. Vanderbank, acomodado en su elevado asiento y esperando el desarrollo de los acontecimientos, ofrecÃa un poco el aspecto de un criminal fascinante que, en el tribunal, hubiera intercambiado su sitio con el del juez. Se diferenciaba de otros hombres notablemente apuestos en que el efecto de vestir traje de etiqueta no era, con una obstinación frecuentemente observada en tales casos, el de realzar su porte. Su tipologÃa se veÃa más bien aminorada que potenciada, y además permanecÃa allà sentado con una básica circunspección muy a tono con la deferencia que, desde los inicios de su relación con este amigo a la antigua usanza, habÃa aceptado como impuesta. TenÃa un gran sentido de los matices del respeto y ahora se preocupaba por no repantigarse más de lo que lo habrÃa hecho ante un superior oficial.