La edad ingrata
La edad ingrata —Si me pregunta —tomó enseguida la palabra el señor Longdon— por qué a estas horas de la noche (tras un dÃa que en el mejor de los casos ha sido demasiado heterogéneo) no me guardo hasta mañana lo que tenga que decirle, sólo puedo responder que apelo a usted ahora porque en mis pensamientos llevo algo tras haber dado rienda suelta a lo cual dormiré mucho mejor.
Delante del estrado habÃa sitio para circular, por el cual hasta ahora el anciano habÃa dado pasos y balanceado los lentes; pero tras decir las anteriores palabras hizo un alto, apoyándose en la mesa de billar, para escuchar la cautivada urbanidad de la contestación suscitada.
—¿Está segurÃsimo de que, tras haberle dado rienda suelta, dormirá? ¿Se trata de una mera confidencia —dijo Vanderbank— que usted va a hacerme el honor de comunicarme? ¿Se trata de algo tremebundo que requiere una respuesta, de suerte que habré de tener en cuenta, por mi parte, el descanso de que yo podrÃa privarlo?