La edad ingrata
La edad ingrata —No tenga en cuenta nada… yo mismo soy alguien que siempre tiene en cuenta demasiadas cosas. No se trata de un asunto en el que lo urgiré para que me dé una respuesta inmediata. Probablemente no pueda darme una respuesta sin haber meditado muchÃsimo. Yo he meditado muchÃsimo; si no, no estarÃa hablando ahora. Lo único que deseo es plantearle algo y dejarlo asà por el momento.
A usted nunca lo veo —dijo Vanderbank— sin que me plantee algo.
—Eso suena —repuso su amigo— como si yo más bien sobrecargara… ¿cómo suele llamárselo a eso hoy dÃa?… su menú intelectual. Si hay una aglomeración de viandas tÃrelas todas a la basura sin contemplaciones. Nunca le habré planteado nada semejante a esto.
HabÃa hablado con una gravedad que en aquel gran espacio, donde habÃa una ligera resonancia, causó toda una impresión: una impresión concretada en el momentáneo silencio que se produjo entre ellos. Él mismo fue el primero en interrumpir parcialmente esta pausa echando a andar otra vez, y luego Vanderbank la interrumpió del todo como incitado por la aprensión de que acaso estuvieran poniéndose demasiado solemnes: