La edad ingrata
La edad ingrata —Vaya, me siento enormemente intrigado y en verdad usted no habrÃa podido escoger una oportunidad mejor. Un secreto (pues claro está que en eso vamos a convertirlo, ¿verdad?) en esta hora embrujada, en esta gran mansión antigua, es todo cuanto mi visita aquà habrá requerido para convertirse en una ocasión memorable. Conque, se lo aseguro, cuantas más cosas me plantee, mejor.
El señor Longdon asió otro cenicero, pero con pinta de hacerlo como consecuencia directa del tono de Vanderbank. Tras haberlo depositado de nuevo, se colocó los lentes; después espetó atalayando a su compañero:
—¿No tiene usted ni idea…?
—…¿de lo que lleva usted en sus pensamientos? Querido señor Longdon, ¿cómo podrÃa tenerla?
—Bueno, me pregunto si yo que usted no tendrÃa acaso cierta idea. ¿No hay nada que en las circunstancias presentes le parezca probable que yo desee decir?
Vanderbank lanzó una carcajada que a un oyente habrÃa podido parecerle ligeramente intranquila, y manifestó: