La edad ingrata

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—Cuando habla de «las circunstancias presentes» hace algo que (a menos que sencillamente se refiera a las excitantes condiciones de este preciso momento) naturalmente siempre abre la puerta de lo truculento para un hombre de alguna imaginación. A un tal hombre basta darle un suave codazo para que su espíritu dé un brinco. De cualquier forma, tal es el caso del mío. Mi espíritu casi nunca se tiene en pie: ahora mismo ha quedado tumbado de espaldas. —Se calló unos instantes; su sonrisa era algo forzada—. Lo que quiere plantearme, ¿es algo horrible que yo haya hecho?

—Discúlpeme si insisto. —El señor Longdon habló delicadamente, pero si se acrecentaba la intranquilidad de su amigo, precisamente por ello se reducía la suya propia—. ¿No se le ocurre absolutamente nada?

—¿Se refiere a algo que yo haya hecho?

—No, sino a algo (lo haya hecho usted o no) en lo cual yo haya podido reparar.

No habría podido darse prueba mejor que la expresión de Vanderbank, ante esto, de que el joven había llegado a dominar el arte de seguirles el humor a los demás sin dar la impresión de tratarlos con condescendencia:

—Me parece que debería usted darme alguna pista más.

El señor Longdon se quitó los lentes y dijo:

—Bien: la pista es Nanda Brookenham.


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