La edad ingrata

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—Ah, entiendo. —Vanderbank respondió con celeridad, pero durante un rato no dijo nada más, y en la quietud tictaqueó más audiblemente el gran reloj marmóreo que le infundía al lugar el aire de un club. El señor Longdon aguardó con una benigna implacabilidad, pero con un visaje en el semblante que hablaba de lo que para él dependía —aunque en lo más hondo de su fuero interno— del resultado de esta paciencia. A este respecto, el silencio entre ellos se convirtió en un consciente rasero externo de la sinceridad del joven. Fue evidente que por fin éste mismo lo consideró así, y un observador de su hermoso y controlado rostro habría advertido una meditación sobre diversos elementos espinosos—: Colijo que me pide usted una declaración —dijo por último— que muy poca gente en cualquier coyuntura tiene derecho a esperar de un hombre. Piense en todas las personas (no pocas muy dignas) a quienes ante más de una pregunta uno no puede menos que responderles, en el mejor de los casos, que no es cosa de su incumbencia.

—Veo que sí que entiende a qué me refiero —dijo el señor Longdon.

—Entonces verá asimismo la eminente excepción que hago con usted. No hay otro hombre con quien yo hablaría sobre eso.

—¡Y el caso es que ni siquiera conmigo habla sobre eso! Pero pese a todo le estoy muy agradecido —añadió el señor Longdon.


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