La edad ingrata

La edad ingrata

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—No es debido tan sólo a la seriedad de la cuestión —prosiguió su amigo—; es debido al ridículo que inevitablemente lleva consigo…

La forma en que el señor Longdon indicó el vacío de la estancia fue en sí misma una interrupción:

—¿No me he preocupado lo suficiente por ahorrarle congojas?

—Muchas gracias, muchas gracias —dijo Vanderbank.

—Además, esto no es una nadería.

—¡Por supuesto que no! —repuso el joven, mas con pinta de percibir al siguiente instante cierta incomodidad en su propia aquiescencia—. Pero no me ahorre congojas ahora.

—No pienso hacerlo. —El señor Longdon había vuelto a ponerse de espaldas contra la mesa, en cuyo reborde apoyó cada una de las manos—. No pienso hacerlo —reiteró.

Su compañero lanzó una carcajada que como mínimo marcó el cese de una tensión:

—Y sin embargo no acabo de ver qué puede usted hacerme.

—Eso es lo mismo que, desde algún tiempo atrás, he estado procurando discurrir.

—Y ¿lo ha descubierto al final?

—Vaya… en este extraordinario lugar por fin ha brillado débilmente la solución.


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