La edad ingrata
La edad ingrata —No sé decirle desde hace cuánto tiempo he estado conjeturando, he estado preguntándome. Ella es tan encantadora, tan interesante; y siento como si la hubiera conocido desde siempre. He pensado en hacer una cosa y la contraria… y luego, adrede, he parado totalmente de pensar. Fue lo que me pareció preferible.
—En tal caso infiero —dijo el señor Longdon— que el interés de usted por ella…
—…¿no tiene las mismas caracterÃsticas que el interés de ella por mi? —Vanderbank habÃa recogido sus palabras atentamente, pero luego de hablar se dedicó a buscar una cerilla y encender un nuevo cigarrillo—. ¡Estoy seguro de que usted se hará cargo —exclamó— del gran esfuerzo que me supone hablar de semejantes cosas!
—SÃ, sÃ. Pero ¿le supone únicamente esfuerzo? ¿No le proporciona ningún placer? Me refiero al hecho de los sentimientos de ella —aclaró el señor Longdon.
De veras Vanderbank precisó meditar un rato.
—Por mucho placer que me proporcionase —respondió—, seguramente yo nunca serÃa un individuo proclive a caer en sentimentalismos. Soy un soso pasmarote británico.
—¡Pero incluso un pasmarote británico…! —vaciló el señor Longdon—. En resumidas cuentas yo he caÃdo en sentimentalismos ante usted.