La edad ingrata
La edad ingrata —¿Acerca de Lady Julia? —preguntó derechamente el joven—. ¿Es asà como lo denomina usted?
—Entonces digamos que ambos somos pasmarotes británicos. ¿No se siente enamorado en lo más mÃnimo?
Entre ellos se produjo, antes de que contestara Vanderbank, otro silencio, que el joven aprovechó para tomar a dar vueltas alrededor de la mesa. Mientras tanto el señor Longdon se encaramó en el elevado asiento y se acomodó como si ahora el juez estuviera donde debÃa estar. Al final su compañero habló:
—Adonde va usted a parar es por supuesto a que usted ha concebido un anhelo.
—Eso es…, por extraño que parezca. Pero, créame, no ha sido algo precipitado. He estado observándolos a ustedes dos.
—Oh, yo ya sabÃa que habÃa estado observándola a ella —dijo Vanderbank.
—Hasta tal punto que he tomado una decisión. Deseo tantÃsimo que ella se case… —Pero, tras la pequeña entonación entrecortada de ansiedad con que espetó esto último, el anciano se interrumpió bruscamente.
—¿Y bien? —lo acució Vanderbank.
—Pues que lo deseo tantÃsimo, que ella, el dÃa en que se case, percibirá los intereses de una considerable suma de dinero (muy decentemente invertida desde hace ya tiempo) que he resuelto conferirle.