La edad ingrata
La edad ingrata La instantánea admiración de Vanderbank inundó toda la estancia:
—¡Eso es extraordinario por parte de usted…, es magnÃfico!
—Huy, tiene usted a su alcance un modo fáctico de demostrarme su gratitud ante ello.
Pero, debido al entusiasmo, Vanderbank apenas lo oyó:
—Me es imposible expresarle lo admirable que me parece usted. —Entonces requirió con vehemencia—: ¿Nanda está informada?
Tras cierta vacilación, el señor Longdon habló con relativa sequedad:
—Mi idea es que de momento sólo usted lo esté.
También Vanderbank vaciló:
—¿Ningún otro hombre?
Su compañero se puso aún más serio:
—Apenas necesito decir que confÃo en que usted guardará secreto.
—Absolutamente y a ultranza, en tal caso. Pero eso no obstará para que yo mantenga mi opinión sobre el hecho. Durante muchÃsimo tiempo nada me habÃa dado tan gran alegrÃa. —Resplandeciente y abierto, por unos instantes le habÃa sostenido la mirada al señor Longdon.
—Caramba, entonces resulta que aprecia a Nanda de veras.