La edad ingrata
La edad ingrata —Enormemente. Nunca, creo, tantÃsimo como ahora. Eso suena bastante grosero, ¿verdad? —dijo riendo—. Pero lo cierto es que lo que usted acaba de anunciar es de esas cosas que llenan de júbilo.
Durante un instante su amigo casi se puso rojo de contento:
—La suma que voy a conferir será, puedo mencionarlo, sustanciosa, y desde luego estarÃa listo para dejar un claro testimonio (una garantÃa muy nÃtida) de mis intenciones.
—¡Tanto mejor! Sólo que —cambió inopinadamente de tercio Vanderbank— para recibirla, ¿ella debe casarse?
—IrÃa contra mis intereses dejarlo suponer que ella no deba hacerlo, y si le he hablado a usted se debe exclusivamente a mi intenso deseo de que ella se case.
—¿Y asimismo a la razón adicional —cooperó osadamente Vanderbank— de que da usted por sentado que sólo falta que yo me ofrezca voluntario?
Si su amigo semejó considerarlo, resultó ser a fin de buscar la expresión más plena. De hecho nada habrÃa podido ser más denso que la serena manera como enseguida dijo:
—Mi querido muchacho, yo voto por usted.
A Vanderbank paladinamente aquello le llegó al corazón: