La edad ingrata

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—¡Cuán extraordinariamente halagador es usted conmigo! —El silencio del señor Longdon pareció responder que estaba dispuesto a permitir interpretarlo así, conque a renglón seguido el joven continuó—: A lo que entonces todo va a parar (tal como usted lo plantea) es a que se trata de una forma de que yo incremente apreciablemente mis ingresos.

Durante un rato el señor Longdon permaneció sentado con la mirada clavada en la superficie verde de la mesa de billar, vivida bajo la expansiva luz de la lámpara colgante.

—Creo que debería revelarle a usted la cifra que tengo pensada —dijo.

Cualquier otra persona presente se habría sentido abrumada de dudas tanto a la hora de determinar el grado de fastidio concentrado en la gentil sonrisa de Vanderbank como a la de decir si transcurrió un prolongado intervalo antes de que éste se hiciera oír:

—Pues yo creo, ¿sabe?, que no debería usted hacer nada semejante. Olvídese de ello, por favor. Lo importante son los intereses… lo importante son las aspiraciones que usted manifiesta. ¡Representan tal visión de mí, tal actitud hacia mí…! —Callóse, bajando los brazos y apartándose ante aquella nítida imagen.


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