La edad ingrata

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—En todo ello no hay nada que deba anonadarlo. Sería extraño que usted mismo no tuviera, respecto de su valía y su futuro, un sentimiento tan vivo como cualquiera que tenga yo. Ahí está el mío en cualquier caso. No puedo remediarlo. Acéptelo. Y del otro sentimiento (de cómo me conmueve ella) no hablaré.

—¡Ya lo transparenta usted sobradamente!

El señor Longdon prosiguió contemplando el círculo luminoso sobre la mesa, abismado unos instantes en el cual dejó pasar la réplica de su amigo:

—Ante usted no voy a extenderme sobre Nanda.

—Mejor —dijo Vanderbank. Mas, durante la pausa que siguió, cada uno, de una manera o de otra, muy bien pudo dedicarse a pensar en la muchacha para sus adentros.

La pausa fue interrumpida por la circunstancia de que al poco el señor Longdon reanudara su plática:

—Claro está que superficialmente todo esto da la impresión de que me ofrezco a pagarlo a usted por dar cierto paso. Tiene usted la alternativa de mostrarse grandioso y orgulloso… de envolverse en su propia majestad y preguntar si es que lo supongo sobomable. No he hablado sin haber previsto esa posibilidad.


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