La edad ingrata
La edad ingrata —Ya —dijo Vanderbank comprensivamente—; pero no es como si usted estuviera proponiéndome, ¿verdad?, algo espantoso. Si uno aprecia a una muchacha, se alegra infinitamente de que tenga algún dinerillo. Cuantas más cosas buenas tenga, mejor. Puedo asegurarle —agregó con la brillantez de su cordial comprensión y casi como para mostrarle a su compañero el camino para despreocuparse más velozmente—, puedo asegurarle que si me decido a aceptar su propuesta haré oÃdos sordos a cualquier interpretación maliciosa de mis móviles. Sencillamente intentaré mostrarme tan magnÃfico como usted mismo. —Fumó, se puso a dar pasos; luego abordó otro aspecto—: Seguramente usted sabe que el querido y viejo Mitchy, bajo cuyo bendito techo estamos tramando esta traición nocturna, se casarÃa con ella en un santiamén y sin necesidad de un solo penique.
—Creo que lo sé todo, creo que he pensado en todo. El señor Mitchett —añadió el señor Longdon— es imposible.
Por un momento Vanderbank pareció sorprendido:
—¿Debido enteramente a la postura de ella?
—Por completo.
Otra vez Vanderbank titubeó:
—¿La ha interrogado?
—La he interrogado.
Una vez más Vanderbank vaciló:
—Y ¿asà es como está enterado?