La edad ingrata
La edad ingrata —¿De las posibilidades de usted? Así es como estoy enterado.
Paladeando su cigarrillo con concentración, el joven tomó a dar algunos pasos en derredor.
—Y la idea de usted, ¿es concederme un plazo máximo? —inquirió.
El señor Longdon hubo de darle vueltas a su idea unos momentos:
—¿Qué plazo necesita usted?
Con la cabeza Vanderbank ejecutó un gesto negativo que fue a la vez reprobatorio e indulgente:
—Debo asimilar todo esto un poco. Sólo he podido meditar sobre su ofrecimiento estos fugaces minutos, y es demasiado pronto para comprometerme a afirmar nada. Excepto —añadió galantemente— mi gratitud.
Ante esto, el señor Longdon, que estaba sentado en el diván, se incorporó, tal como Vanderbank ya hiciera previamente, impulsado por un resorte emocional; sólo que, a diferencia de Vanderbank, se quedó inmóvil allí de pie, con las manos en los bolsillos y el semblante, un poco más pálido, orientado hacia lontananza. En él se advirtió decepción incluso antes de que hablara:
—¿No experimenta usted un sentimiento lo bastante poderoso…?
Su amigo lo encaró con admirable franqueza: