La edad ingrata
La edad ingrata —¿No le parece que, si lo experimentase, hace mucho que yo ya habrÃa dado el paso decisivo?
—¿Sin aguardar, quiere decir, al dinero de nadie? —Durante unos instantes el señor Longdon acarició una posibilidad—: Claro está que ella habÃa parecido (hasta ahora) demasiado pequeña.
Nuevamente Vanderbank se puso a buscar cerillas y ocupó un lapso en encender otro pitillo; luego dijo:
—Hasta ahora… sÃ. Pero no es sólo —prosiguió— porque ella es tan joven por lo que (para nosotros dos, y asimismo para el querido y viejo Mitchy) ella resulta tan absorbente. —Ahora el señor Longdon habÃa descendido hasta el nivel del suelo, y los ojos de Vanderbank lo siguieron hasta que volvió a detenerse—. Discierno que, pese a lo que dijo al inicio de esta conversación, usted siente cierto apremio.
—¿En la cuestión del tiempo? Oh sÃ, quiero que el casamiento se efectúe ya. Es la razón —aclaró el anciano lisa y llanamente— de que me apriete las tuercas a mà mismo. —Hablaba con un retintÃn de impaciencia—. A Nanda quiero sacarla fuera.
—¿«Fuera»?
—Fuera de la casa de su madre.
Vanderbank se rió, aunque, a renglón seguido, ya se habÃa puesto colorado:
—¡Caramba, en la casa de su madre es precisamente donde suelo verla!