La edad ingrata
La edad ingrata —Exactamente; y ojalá no lo fuese y asà todo irÃa más rápido.
Vanderbank, con todo y su gentileza, asumió un semblante aún más divertido:
—Pero si no lo fuese, como dice usted, me parece que usted no se verÃa asaltado por ese peculiar sentimiento de urgencia.
Ajustándose los lentes, el señor Longdon lo atalayó con una mirada tan triste como aguda; a continuación se quitó de un tirón los quevedos:
—Ah, observo que me entiende usted.
—¡Huy —dijo Vanderbank—, es que soy un amasijo de corrupción!
—Muy bien puede serlo, pero no va a escabullirse —repuso con brÃo el señor Longdon— utilizando ningún pretexto semejante. Si usted es lo bastante bueno para mÃ, es lo bastante bueno, como lo sabe perfectamente, desde todos los puntos de vista, para cualquiera.
—Muchas gracias. —Pero Vanderbank, con todo y su alegre agradecimiento, tomó a meditar—: DeberÃamos, de todas formas, recordar, ¿verdad?, que habremos de enfrentamos a la oposición de la señora Brook.
Su compañero no vaciló sino por un instante:
—Ah, ésa es otra cosa que yo ya sabÃa. Pero asimismo es precisamente la razón. La razón de que yo quiera sacar fuera a Nanda.
—Entiendo, entiendo.