La edad ingrata

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La respuesta había sido rauda, y sin embargo súbitamente el señor Longdon pareció dar a entender que la sospechaba superficial:

—A menos que sea de la señora Brook de quien está usted enamorado. —Entonces, viendo que su amigo recibía esta insinuación con un simple ademán negativo, repudiación ésta que incluso habría podido sorprender por su mismísima ausencia de sorpresa, enmendó—: O a menos que la señora Brook esté enamorada de usted.

Ante esto Vanderbank exhibió todo el decente jolgorio imaginable:

—¡Ah, por supuesto ése puede ser perfectamente el caso!

—Pero ¿lo es? He ahí el problema.

Él conservó su ligereza:

—Si ella me hubiese declarado su pasión, ¿no sería más bien hacerle a ella una jugarreta…?

—…¿el hecho de hacérmelo saber? —El señor Longdon reflexionó—. Puedo decir que lo ignoro: es un tipo de cosa para la cual carezco de un rasero o un precedente. En mi tiempo la mujer no declaraba su pasión. Yo me refería a cuál es el significado de eso de que la señora Brookenham lo quiere a usted (como he oído decir) para ella sola.

Vanderbank, conservando la sonrisa, fumó unos instantes; y dijo:

—¿Eso ha oído decir?


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