La edad ingrata
La edad ingrata —SÃ, pero debe perdonarme que no le revele a quién se lo he oÃdo decir.
Se sintió divertido por la discreción de su amigo:
—Es algo inconcebible. Pero da igual. Los del grupo decimos de todo… acerca de todos. Para entendemos, el significado de eso es… vaya, un matiz moderno.
—En tal caso lidie usted mismo —dijo el señor Longdon— con sus matices modernos. —Ahora habló como si el caso requiriera únicamente dicha lidia.
Pero ante esto su joven amigo se puso más serio:
—¿Usted no podrÃa hacer nada?… para lograr, quiero decir, que la señora Brook se aviniese.
El señor Longdon se apasionó bruscamente:
—¿Pedirle, en nombre de usted, la mano de su hija? Mañana mismo… si usted me autoriza. AutorÃceme y actuaré sin dilación.
A Vanderbank volvieron a subÃrsele los colores; su rubor fue absoluto:
—¡Hay que ver cómo lo desea usted!
El señor Longdon, tras lanzarle una mirada, se volvió de espaldas:
—¡Hay que ver cómo no lo desea usted!
El joven persistió en su sonrojo: